Como tantas otras veces, llegó temprano a su consultorio en el hospital Obarrio. Apenas atravesó el umbral de la puerta, lo tomaron del cuello desde atrás y le pusieron un vidrio cortado cerca de la yugular. El paciente, un adicto en tratamiento, amenazó de muerte a su médico. Exigía que le recetaran psicofármacos.
Este caso de violencia ocurrido hace pocos días conmociona a la comunidad médica, que desde hace un tiempo viene denunciando la creciente ola de agresiones a los profesionales de parte de familiares y pacientes.
Hay más hechos sorprendentes. Hace tres semanas, una enfermera del hospital Centro de Salud fue golpeada brutalmente por los familiares de una mujer internada en la sala de oncología. En este nosocomio, los médicos de la guardia conocen perfectamente lo que es la violencia: todos los fines de semana son agredidos verbal y físicamente.
Según los profesionales, los estallidos de furia contra los médicos y enfermeras comenzaron a multiplicarse en los hospitales y ambulancias públicas, pero también en las clínicas y sanatorios privados. En sus testimonios aparecen desde gritos, insultos y empujones hasta amenazas con armas blancas, pasando por ambulancias baleadas, doctores cortados con vidrios o golpeados a patadas como respuesta a una espera larga o una noticia desagradable. En la mayoría de los casos, detallan, los agresores son hombres, y las víctimas mujeres.
"Si querés que te atiendan tenés que gritarles", dice Clarisa Suárez, en la sala de espera de la guardia del Centro de Salud. "Tenés que enojarte, y romper algo para que te presten atención", añade Milagros, la hija adolescente de la mujer que aguarda ver a un médico. Le duele mucho el estómago. Siente una puntada muy fuerte. "Estoy esperando hace tres horas", reniega. "Si no venís desangrándote no te dan bolilla", explica. "El problema no es que haya mucha gente. ¡Es que los médicos no quieren trabajar!", insiste.
"Las agresiones hospitalarias son cada vez más frecuentes", señala el cirujano del Centro de Salud Carim Asus. "Tenemos muchos ingresos de jóvenes alcoholizados, que vienen acompañados por familiares muy violentos. Muchos, incluso, llegan armados y nos exigen a los médicos que los heridos estén curados a los pocos minutos de haber entrado. El tema es muy serio, ya hicimos planteos ante las autoridades", comentó el profesional.
Cuando el desenlace de un paciente grave es muy rápido, los médicos saben que se enfrentan a lo peor. "El problema más serio es que no hay control", señala el doctor.
Una denuncia común de los profesionales es que en los hospitales, aunque hay vigilancia privada o estatal, generalmente estos efectivos no intervienen en los hechos de violencia. También recalcaron que en ningún nosocomios hay filtros que permitan saber cuándo alguien llega armado.
La realidad no es tan diferente en el hospital Padilla. Según estimó la jefa de Guardia, Daniela Lionetti, los médicos de allí sufren aproximadamente tres agresiones diarias; la mayoría son insultos. "Las agresiones físicas son esporádicas y las ocasionan pacientes alcoholizados o drogados y en general las sufren más los enfermeros que los médicos", detalló. La violencia entre los familiares de los pacientes se ve, además, fuera de la guardia, resalta.
Según explicó Jorge Valdecantos, uno de los directores del Padilla, las situaciones que más despiertan violencia son la demora en la atención de consultorio, la falta de camas para internar y el hecho de que esté prohibido para los familiares el ingreso al shock room. "Son temas en los que tenemos que trabajar mejor los hospitales para disminuir las agresiones. Una buena salida es promocionar más las redes primarias de la salud para que los grandes nosocomios no tengan tanta sobrecarga de pacientes", dijo.
El pediatra Lorenzo Marcos, que lleva más de 30 años en el sistema público, mira más al fondo de la cuestión y opina que en los últimos años algo se rompió en la relación "médico-paciente". "Se perdió el respeto hacia el profesional", explica el jefe de la Terapia intensival del hospital de Niños, el nosocomio que ahora tiene a sus secretarias de guardia tras un enrejado para evitar que las golpeen. Los profesionales de la guardia se asoman de vez en cuando a los pasillos. Saben que en la sala de espera son más los que desesperan.